¿Kubrick sabía algo que nosotros no? Los símbolos extraterrestres escondidos en el cine que nadie quiere ver
Photo: Roland Tanglao from Vancouver, Canada, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons
Hay una pregunta que ronda a ciertos espectadores obsesivos desde hace décadas: ¿y si algunas de las películas más influyentes de la historia del cine no son solo ficción? No hablamos de que los efectos especiales sean reales ni de que los actores sean robots —aunque eso daría para otro artículo—. Hablamos de algo más sutil, más perturbador: la posibilidad de que ciertos directores hayan utilizado sus obras como vehículo para transmitir información real sobre el contacto extraterrestre, camuflada entre fotogramas, geometrías y narrativas aparentemente inventadas.
Es una teoría que suena a conspiración de foro nocturno. Pero cuando empiezas a mirar con atención, los patrones se acumulan de una manera que resulta difícil de desestimar completamente.
La pantalla como código cifrado
La idea no es nueva. Desde que existe el cine, los directores han utilizado el lenguaje visual para comunicar capas de significado que van más allá del guion. Lo que algunos investigadores —y muchos aficionados con demasiado tiempo libre y demasiada determinación— sostienen es que ciertos cineastas habrían ido mucho más lejos: insertar deliberadamente símbolos, proporciones matemáticas y referencias geométricas que solo cobran sentido si se asume que provienen de una fuente no humana.
El cine de ciencia ficción, en particular, ofrece el escenario perfecto para esto. Es el único género donde puedes mostrar naves, estructuras alienígenas y lenguajes cósmicos sin que nadie levante la ceja. Todo queda protegido por el escudo cómodo de "es solo ficción".
Kubrick y el monolito que no era metáfora
Stanley Kubrick es, probablemente, el nombre que más aparece en estas conversaciones. 2001: Una odisea del espacio (1968) lleva décadas siendo diseccionada por académicos, cinéfilos y teóricos de todo tipo. Pero hay un detalle que va más allá de la interpretación filosófica habitual: las proporciones exactas del monolito.
El objeto mide 1 x 4 x 9 en la novela de Arthur C. Clarke, es decir, los cuadrados de 1, 2 y 3. Una progresión matemática tan limpia que algunos matemáticos han señalado que sería una forma lógica de comunicarse con una civilización tecnológicamente avanzada: usar secuencias numéricas universales que cualquier especie con capacidad de razonamiento abstracto podría reconocer. No es una metáfora. Es una firma.
Y luego está El resplandor (1980), que aparentemente no tiene nada que ver con extraterrestres, pero que ha generado uno de los documentales más delirantes —y fascinantes— sobre mensajes ocultos en el cine: Room 237. Algunos de los patrones geométricos que aparecen en esa película, repetidos con una precisión que Kubrick no podría haber dejado al azar dado su conocido perfeccionismo, siguen sin tener una explicación narrativa satisfactoria.
Spielberg y el lenguaje de la luz
Steven Spielberg es otro caso interesante. Encuentros en la tercera fase (1977) y E.T. (1982) son, oficialmente, películas de entretenimiento familiar. Pero Spielberg ha admitido en múltiples entrevistas que trabajó de cerca con el físico y ufólogo Jacques Vallée durante el desarrollo de Encuentros en la tercera fase, y que el gobierno estadounidense mostró un interés inusualmente elevado en el guion antes de su producción.
Lo que más llama la atención son los patrones de luz en esa película. La forma en que los OVNIs se comunican mediante secuencias luminosas no es arbitraria: sigue estructuras que varios investigadores del fenómeno OVNI han documentado en testimonios reales de avistamientos. Spielberg no inventó esa gramática lumínica. La tomó de algún lugar.
En E.T., la figura del alienígena fue diseñada con una cabeza deliberadamente grande y ojos enormes, rasgos que coinciden con la descripción más repetida en informes de contacto cercano en todo el mundo, desde América Latina hasta Japón. ¿Inspiración artística? Quizás. ¿O una descripción tan precisa que resulta incómoda?
Villeneuve y la geometría del cosmos
Denis Villeneuve es la incorporación más reciente a esta lista no oficial. La llegada (2016) es, en superficie, una película sobre lingüística y tiempo no lineal. Pero los heptápodos y su lenguaje circular han sido analizados por lingüistas, matemáticos y, sí, también por aficionados al fenómeno extraterrestre.
Lo curioso es que el sistema de escritura circular que aparece en la película —desarrollado por el equipo de diseño con una coherencia interna asombrosa— guarda similitudes estructurales con algunos de los patrones que aparecen en ciertos círculos de las cosechas (crop circles), especialmente los documentados en el sur de Inglaterra durante los años noventa. Nadie en el equipo de producción ha explicado de dónde surgió exactamente esa inspiración visual.
Además, Blade Runner 2049 —también de Villeneuve— está repleta de proporciones áureas y simetrías que exceden con mucho lo que requeriría una película de ciencia ficción convencional. Como si el director estuviera construyendo algo más parecido a un mensaje que a un espectáculo.
El problema del intermediario
Claro que hay una objeción obvia: si estos directores tuvieran información real sobre contacto extraterrestre, ¿por qué no simplemente hablar? ¿Por qué esconderlo en películas?
Aquí es donde la teoría se vuelve más sofisticada. La hipótesis no es que Kubrick, Spielberg o Villeneuve hayan tenido reuniones secretas con grises en un hangar de Nevada. Es más sutil: estos creadores podrían haber tenido acceso —a través de fuentes gubernamentales, científicas o de inteligencia— a información que no podían revelar directamente sin consecuencias graves. El cine se convierte entonces en el intermediario perfecto. Si alguien señala las similitudes entre tus películas y los informes clasificados, siempre puedes decir que es ficción.
Es la misma lógica que algunos aplican a la música, la literatura o incluso la arquitectura. La creatividad como escudo. El arte como lengua franca para quienes no pueden hablar en voz alta.
¿Paranoia o perspicacia?
Seamos honestos: una parte de todo esto es, probablemente, el cerebro humano haciendo lo que mejor sabe hacer: encontrar patrones donde quizás no los hay. Somos máquinas de reconocimiento de formas, y cuando algo nos impacta emocionalmente —como una gran película de ciencia ficción— tendemos a construir significados adicionales de manera casi automática.
Pero también es cierto que desestimar completamente estas lecturas sería demasiado cómodo. Los propios cineastas mencionados han demostrado, una y otra vez, que sus películas operan en múltiples niveles simultáneos. Que hay capas de significado intencionadas que el espectador casual nunca detecta. Que la precisión matemática y simbólica en sus obras es, en muchos casos, deliberada y documentada.
Si eso incluye mensajes sobre realidades extraterrestres que no podemos ver en los informativos de las ocho, es algo que cada uno tendrá que decidir por sí mismo.
Lo que sí podemos decir con certeza es esto: la próxima vez que veas una gran película de ciencia ficción, quizás vale la pena prestar atención no solo a lo que se dice, sino a lo que se dibuja en los márgenes. Porque si hay algo que nos ha enseñado este género, es que las verdades más grandes suelen llegar disfrazadas de entretenimiento.