Basta de marcianos verdes: así sería un alienígena si la biología tuviera algo que decir
Seamos sinceros: el alien clásico es un fraude creativo. Le quitamos el pelo, le ponemos la piel gris, agrandamos los ojos y listo, ya tenemos a nuestro visitante de otro mundo. Pero si lo pensáis un momento, es un humano disfrazado. La evolución terrestre nos ha condicionado tanto que ni siquiera somos capaces de imaginar vida sin nuestra propia plantilla corporal. Y eso, en un universo con billones de planetas, es una falta de imaginación monumental.
El problema de la simetría cómoda
La simetría bilateral —dos lados iguales, cabeza arriba, cola abajo— funciona en la Tierra porque heredamos de un ancestro común que ya tenía ese plan. Pero en un planeta con gravedad distinta, otra química y otro tipo de estrella, no hay ninguna razón para que la vida repita el diseño. Podría haber simetría radial, como una estrella de mar pensante. Podría haber organismos sin cabeza, sin ojos, sin nada que se le parezca. La evolución no tiene un guion: improvisa con lo que hay.
Vida de sílice: olvidemos el carbono por un momento
Toda la vida terrestre se basa en el carbono, y por eso asumimos que la vida alienígena también. Pero la química ofrece alternativas tentadoras, como el sílice. Imaginad organismos minerales, lentos, cristalinos, que crecen como formaciones geológicas durante siglos y que quizá 'piensan' en escalas de tiempo que ni podríamos percibir. Para ellos, nosotros seríamos un parpadeo efímero. ¿Cómo estableces contacto con algo cuya conversación dura milenios?
Inteligencias sin cuerpo: la opción más incómoda
Y luego está la posibilidad que más descoloca: que la inteligencia no necesite cuerpo en absoluto. En la Tierra ya tenemos indicios de que la mente puede ser colectiva: las colonias de hormigas actúan como un superorganismo, los bosques se comunican por redes de hongos bajo tierra. Un alienígena podría ser una inteligencia distribuida, sin individuos, sin yo, sin cara con la que posar para la foto. Algo así no cabría en ninguna película de Hollywood, porque no hay a quién ponerle el maquillaje.
¿Y si ya los vimos y no los reconocimos?
Aquí está la parte que de verdad debería quitarnos el sueño. Si la vida extraterrestre fuera tan extraña como la biología sugiere, quizá ya la hemos 'visto' sin registrarla: un patrón químico en la atmósfera de un exoplaneta, una señal repetitiva que clasificamos como ruido, una estructura que asumimos que es natural porque no encaja en nuestra idea de 'criatura'.
El gran silencio del cosmos podría no ser silencio. Podría ser un problema de traducción: dos formas de vida tan distintas que no se reconocen mutuamente como tales. Nosotros buscamos humanos verdes en las estrellas. Y mientras tanto, quizá algo completamente diferente nos está mirando, sin brazos, sin ojos y sin la más remota idea de lo que es un platillo volante.
La próxima vez que veáis un alien en el cine, haced un ejercicio: pensad qué le sobra. Casi siempre, la respuesta es todo.